domingo, 28 de abril de 2013

Mi mundo de aromas (1ª parte)

¡Hola a todos! Como siempre, vengo con muchas ganas de retomar nuestro pequeño rinconcito en la gigantesca biblioteca de las palabras. Y lo hago, nada más y nada menos, que con un nuevo relato. Todos se me van ocurriendo sobre la marcha, así que no sé cuándo acabará este. Pero ya sé el título:



Mi mundo de aromas


Me llamo Blanca y tengo catorce años. Vivo en Madrid con mis padres y mis tres hermanos pequeños. Empezaré por presentarlos a ellos. Mi madre es una mujer incansable y luchadora. Es profesora de historia en un instituto. Le gusta pasear y escuchar música clásica.
Mi padre es muy especial. Hace de todo por ver feliz a su familia. Trabaja en una agencia inmobiliaria.
Mis hermanos pequeños, Juan y Pedro, son gemelos. Dos terremotos de siete años descontrolados. Mi hermana pequeña, Marta, tiene cinco años.
Y luego estoy yo. Blanca. Ciega de nacimiento, pero más lista que el hambre; eso dice siempre mi padre. También dice que mi falta de visión se compensa con creces con mi sentido del olfato y del oído. Y es cierto. Siempre me he guiado por la nariz. Así, para mí es importante que todo huela bien; por eso, a veces no me gusta mi ciudad. Las estaciones de metro a veces tienen un olor insoportable. Pero bueno, qué se le va a hacer.

Todo era de lo más normal hasta que la oficina de mi padre se trasladó. A París; nada menos. Para mí fue un  gran golpe; pero luego me di cuenta de que, en realidad, la idea me gustaba. ¿Por qué no? Sitio nuevo, gente nueva... Los tres mese siguientes fueron bastante caóticos: embalar, decidir qué nos llevábamos y qué dejábamos... Todo transcurrió velozmente. Pero, al fin, el 3 de mayo, tomamos el avión para París. Hacia la aventura, ¿no?

Los días de nuestro acomodamiento en la capital francesa fueron pocos. Tres, a lo sumo. Los pequeñajos empezaron a ir al colegio, y yo a un instituto cercano a nuestra casa. Todos los días caminaba durante media hora y ya estaba allí.

El instituto no estaba mal. Yo había dado clases de francés durante varios años y ya sabía bastante. Seguía las lecciones con pocas dificultades, teniendo en cuenta mi falta de vista.

Los profesores me daban libros especiales en Braille, pero yo sabía escribir de forma normal. Había bastantes alumnos ciegos en el centro, y enseguida hice amistad con todos ellos. Iba bien en clase.





Pero, en realidad, lo que más me gustaba de París  eran los aromas. En mis tempranas caminatas por la ciudad, descubría olores totalmente maravillosos para mí, que nunca antes había olido en una gran ciudad.
Pan tostado, cebollas friéndose para la comida salían de las ventanas de los parisinos. Y cuando llovía... Gloria pura. Los aromas de la tierra mojada entraban en mi olfato y embriagaban mis sentidos. Y si entre el olor de las gotas llegaba el de una tarta de manzana haciéndose en el horno o el de el chocolate fundido, en ese momento no era capaz de pedirle nada más a la vida.


3 comentarios:

Silvia Soñadora dijo...

PRECIOSO!!!!
Carmen en cada relato que escribes te superas!
Felicidades, de verdad seguro que dentro de nada tienes montones de seguidores.
Animo y sigue escribiendo relatos tan bonitos!
Muchos besos!

Carmen dijo...

¡Muchísimas gracias! Por cierto, ¿te gustaría probar a rellenar una ficha de lectura? Pincha en la foto del ratón en el márgen si te apetece. Ah, y otra cosa: te he afiliado, no dé si lo has visto. ¿Me afilias tú a mí?

Silvia Soñadora dijo...

Te afilie ayer y si ya lo había visto :D