sábado, 6 de abril de 2013

Recuerdos inolvidables. (Capítulo 4)

¡Último capítulo! ¡Fin de la historia! ¿Cómo se resolverá el misterio? ¿Se sabrá al fin el misterio de la vida de la madre de la mujer? ¿O el enigma quedará sin resolverse? Todo a su tiempo...


El tercer cajón, "Recuerdos", escondía un misterio, estaba segura. Lo abrió lentamente y dejó que el papel de seda se deslizase por sus manos entre crujidos. Cerró los ojos. Aspiró el aroma. Allí estaba. Recuerdos. De ella, de sus hermanos. Eran el tesoro más valioso para ella. Los iba cogiendo, mirando, todo con infinito cuidado, dejando que su mente se transportase treinta años atrás.

Había una mantita de lana que olía a abrótano y a tomillo. Era la manta en la que la habían envuelto en sus primeros meses de vida. Un diminuto gorrito de bebé. Sus primeros zapatos de verdad. Estaban rotos y desgastados, llenos de barro, arena y hierba. Pero también llenos de recuerdos...

Era una tarde soleada. Yo estaba tumbada en la arena, con los ojos cerrados. Las botitas de mi hija descansaban a mi lado. Aun estando sucias y gastadas, mi niña no había podido resistir la tentación de llevarlas a darse el primer chapuzón de la temporada.
Sonreí mientras los rayos de sol me acariciaban la piel. Yo no había sido capaz de negárselo. Ahora la veía tan contenta... Su sonrisa era tan especial...

Encontró el primer tirachinas de su hermano pequeño, aquél con el que había roto el cristal de la escuela; la cartera escolar de su hermana mayor, ya fallecida; la cestita con la que todos los años había salido a regoger setas y nueces en otoño; la gorra escolar colorada y gris de su hermano mediano; el colgante de su hermana pequeña...



Pero su sorpresa y su emoción no tuvieron límites cuando descubrió una pequeña cajita de latón con su nombre. Tenía los ojos empañados de lágrimas; aún así, consiguió abrirla con cautela. 


Era suyo, sólo suyo. Recuerdos que ella y su madre habían compartido. El primer diente de leche que se le había caído; un mechón de pelo finísimo, el primero que le habían cortado. Una flor reseca y aplastada, que recordaba haberle entregado a su madre como una ofrenda de paz y perdón en su primera pelea, a los diez años...

No había podido resolver el misterio de la vida. ¿Quién podría hacer eso? Pero siempre recordaría a su madre como lo que en verdad fue: una mujer fuerte, decidida y luchadora, que dio su tiempo y sus sueños por criar a su familia, por hacer que todos sus hijos creciesen sanos y con el alma pura.

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