domingo, 5 de mayo de 2013

Mi mundo de aromas. (2ª parte).

Hoy es viernes. Como siempre, me despierto puntual para llegar a clase. Ya estamos casi en verano y mis pies  no se quejan cuando camino descalza por la peluda alfombra de mi habitación. Me ducho, me visto y desayuno. Tras coger la cartera donde llevo mis libros y después de darle un beso a mis madre y a mis hermanos, salgo por la puerta de nuestra casa. Bajo en el ascensor. Cuando llego al portal, me detengo un momento para aspirar con fuerza el olor a verano. Se nota en el aire. Es un olor que se podría definir... ¿como diría yo? En una hoja de enredadera. Una hoja verde y fresca, que transmite esperanza y alegría. Que permite pensar que es una suerte estar vivo.

Antes de llegar al instituto todavía tengo que conseguir mi almuerzo. Los viernes me doy un capricho y me permito comprarlo en una pequeña confitería. La dueña es una mujer amable, colorada y regordeta, llamada Clothilde.
En cuando entro en la pastelería me recibe el apetitoso aroma de los pasteles recién horneados. Además, con mi desarrollado olfato, puedo oler también la mantequilla fundida,  la nata fresca y la crema de chocolate con la que Clothilde rellena sus pasteles.

La amable pastelera me saluda. A pesar de que no puedo verla, sé que me sonríe. Me enumera todos los riquísimos postres que tiene hoy, y después de un buen rato me decanto por un bollito relleno de chocolate.

Con mi almuerzo envuelto en una servilleta, me dirijo al instituto. Me espera un día muy ajetreado.

Al fin, a las tres de la tarde, vuelvo a mi casa. Mis padres todavía no han llegado, pero la comida ya está lista. Cuando acabo de comer, subo a mi habitación. Estoy escuchando música hasta que llega mi madre. Así es como me gustan las tardes de viernes. Lo mejor que puedo hacer en ellas: escuchar música. Y, por supuesto, leer.

No hay comentarios: