lunes, 19 de agosto de 2013

Descalza por el bosque

Camino descalza por el bosque. La hojarasca cruje bajo mis pies desnudos, y cualquier cosa, aunque sea minúscula, me hace cosquillas en la sensible piel de las plantas. El sol del atardecer se filtra entre las copas de los árboles, haciendo que las hojas de los chopos, los abedules y las hayas se conviertan en relucientes joyas doradas. Una telaraña se encuentra entre dos ramas. Cada hilo contiene microscópicas gotitas de lluvia que, juntas, le dan un aspecto mágico. De pronto, ante mis ojos aparece un enorme claro. En él no hay apenas árboles, sino que el suelo cubierto de hojas marrones y ocres se extiende hasta donde mis ojos alcanzan a ver. Una sonrisa discreta asoma a mis labios. Camino hacia el claro y me tumbo en el suelo, rodeándome el cuerpo con los brazos en un personal abrazo. Ruedo por el claro. Decenas de hojas se enredan en mi cabello castaño. Hundo la nariz entre la espesa capa que afelpa el suelo. El aroma a tierra mojada se cuela en mi olfato. Olor a soledad, soledad disfrutada. Soledad acompañada con un libro y una manzana. Soledad que se huele, que se percibe en el aire.
Ningún sonido aparte del de los cantos de los pájaros llega a mis oídos. Me levanto lentamente y comienzo a andar de nuevo. Ando para llegar a algún sitio, aunque sea desconocido para mí. Ando para sentir, para saber, para encontrar.

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