miércoles, 25 de junio de 2014

Versionando "Harry Potter" (Capítulo 1)

Hoy vuelvo con el primer capítulo de "Versionando Harry Potter". La verdad, se me están ocurriendo un montón de ideas para este nuevo relato. Por favor, no dudéis en comentar si creéis que hay algo incorrecto, que no se ajusta a lo que dice la autora del libro "real"... ¡Pero también si os gusta, claro!


Capítulo 1.


Andy abrió los ojos perezosamente y dejó que el sol estival le alumbrase directamente en el rostro. Cegada por el repentino resplandor, arrugó la nariz y se incorporó en la cama. Como todas las mañanas, lo primero que le saltó a la vista fue la enorme estantería de madera, atestada de libros. Justo en el centro, los siete libros de la saga "Harry Potter" ocupaban un lugar de honor. Andy los había leído, releído y vuelto a leer decenas de veces.

La sensación que notaba en el estómago al tener en las manos esas novelas era especial, distinta a cuanto había sentido nunca. Además de amar aquellos libros, Andy había creído en las historias que estos narraban hasta hacía muy poco tiempo.


Cuando, con siete años, abrió por primera vez la primera de las novelas que ahora descansaban en su estantería, abrazó la historia con todo su corazón. Fue su hermana mayor, Sara, quien mordazmente le había dicho que sólo los críos creían en libros de fantasía.

Después de reflexionar largo rato sobre aquello y de derramar algunas lágrimas silenciosas, Andy había aceptado la realidad: las escobas voladoras, varitas mágicas y libros de hechizos sólo existían en las desgastadas páginas de sus libros.

Pero aún así... Andy hubiese dado cualquier cosa por tener una lechuza parda que le llevase cada día El Profeta, comprar en Ollivander's su varita mágica y viajar en las carrozas tiradas por thestrals de Hogwarts.

Apartando la vista de la estantería de roble, Andy bajó de la cama de un salto, abrió la puerta de su habitación y salió al rellano de la escalera. En el piso de abajo, su padre desayunaba sentado a la pequeña mesa de madera, llena de arañazos por el uso.

-Bu-bue-nos días -saludó Andy al entrar en la cocina, bostezando.
-Buenos días, Andy -su padre le acercó una taza de té y unas tostadas y le pasó una mano por el pelo en un gesto cariñoso.
El cabello de Andy era un tema frecuente de asombro entre sus compañeros de clase. Lo llevaba corto, tan
corto como un chico, y era de un color ambarino oscuro.
De hecho, nada en su aspecto era del todo común: Andy tenía los ojos tan verdes como esmeraldas, que chispeaban según su estado de ánimo; la cara morena y salpicada de puntitos rojizos que se extendían desde las mejillas hasta más allá de su nariz; y, para colmo, estaba su carácter.

Andy era tímida y reservada, y no le resultaba nada fácil hacer amigos. No le ayudaba precisamente que los demás niños la llamasen constantemente "la huérfana". Los padres de Andy se habían separado cuando ella era poco más que un bebé. Aunque entonces era demasiado pequeña para recordarlo, lo había aceptado de forma natural, y había creído la versión que su padre le había contado: que su madre amaba a otra persona.

Sin embargo, su padre siempre había estado ahí, como una sólida roca en la que apoyarse ante las dificultades... Aunque tenía que reconocer que su  a veces se comportaba de un modo un tanto extraño. Cuando se enfadaba, repetía un gesto que Andy era siempre capaz de predecir: apretaba el puño dentro de la chaqueta, como si allí guardase algo que podría sacar para atacar a su contrincante si la discusión se tratase de un duelo de esgrima. Además, a menudo ocurrían cosas raras a su alrededor: el salero se movía sin que su padre lo tocara, y, cuando estaba contento, parecía que los peluches de Andy hablaban en un idioma extraño (aunque a ella se le antojaban imaginaciones suyas).

Ella sabía que no era como los demás niños, y mucho menos su familia. Y, sin embargo, le hubiese encantado tener una amiga con quien compartir sus secretos, comentar el último libro que había leído... En definitiva, alguien con quien hablar.

Mientras masticaba su segunda tostada (a pesar de ser muy delgada y de corta estatura, Andy casi siempre estaba hambrienta), su padre se preparaba para ir a trabajar. Anthony Green era asesor de publicidad en una pequeña empresa de material eléctrico. Por este motivo, su hija se quedaba muchas veces sola en casa, algo que no le disgustaba completamente. De hecho, prácticamente no había ninguna diferencia tanto si la niña estaba como si no: Andy se tumbaba en la cama o, si el tiempo lo permitía, salía al jardín, con un libro, y se olvidaba de todo lo demás.
Eso fue lo que hizo exactamente ese viernes de agosto: con Las aventuras de Tom Sawyer bajo el brazo, salió a la pequeña parcela de césped que había delante de la casa y se tumbó sobre la hierba. Llevaba allí unos diez minutos cuando sonó el timbre.

2 comentarios:

Lizzy dijo...

Hola! te hemos nominado al premio Best blog!!
te dejo el link para que pases :)
http://mislibrosfavoritosymas.blogspot.com.ar/2014/09/premio-best-blog-muchas-gracias.html

Mary dijo...

Yo también estoy nominada al PREMIO BEST BLOG!
Muy bueno tu blog.
Este es el mío

http://enclavedemi.blogspot.com.ar/