domingo, 19 de octubre de 2014

Versionando "Harry Potter " II

¡Hola de nuevo, ratones! Bueno, ya sé que siempre digo que publicaré y que nunca lo hago, pero es que durante el curdo ando muy liada y siempre tengo un millón de cosas que hacer... Así que aprovecho hoy, domingo, para poner el siguiente capítulo de nuestra historia "Harry Potter". He cambiado algunas cosas del primer capítulo, así que lo pongo también para que no tengáis problemas para seguir la trama. Ahí va:



Capítulo 1.



     Andy abrió los ojos perezosamente y dejó que el sol estival le alumbrase directamente en el rostro. Cegada por el repentino resplandor, arrugó la nariz y se incorporó en la cama. Como todas las mañanas, lo primero que le saltó a la vista fue la enorme estantería de madera, atestada de libros. Justo en el centro, los siete libros de la saga "Harry Potter" ocupaban un lugar de honor. Andy los había leído, releído y vuelto a leer decenas de veces.
     La sensación que notaba en el estómago al tener en las manos esas novelas era especial, distinta a cuanto había sentido nunca. Además de amar aquellos libros, Andy había creído en las historias que estos narraban hasta hacía muy poco tiempo.
     Cuando, con siete años, abrió por primera vez la primera de las novelas que ahora descansaban en su estantería, abrazó la historia con todo su corazón. Fue su hermana mayor, Sara, quien mordazmente le había dicho que sólo los críos creían en libros de fantasía.
     Después de reflexionar largo rato sobre aquello y de derramar algunas lágrimas silenciosas, Andy había aceptado la realidad: las escobas voladoras, varitas mágicas y libros de hechizos sólo existían en las desgastadas páginas de sus libros.
     Pero aún así... Andy hubiese dado cualquier cosa por tener una lechuza parda que le llevase cada día El Profeta, comprar en Ollivander's su varita mágica y viajar en las carrozas tiradas por thestrals de Hogwarts.
     Apartando la vista de la estantería de roble, Andy bajó de la cama de un salto, abrió la puerta de su habitación y salió al rellano de la escalera. En el piso de abajo, su padre desayunaba sentado a la pequeña mesa de madera, llena de arañazos por el uso.
     -Bu-bue-nos días -saludó Andy al entrar en la cocina, bostezando.
-Buenos días, Andy -su padre le acercó una taza de té y unas tostadas y le pasó una mano por el pelo en un gesto cariñoso.
     El cabello de Andy era un tema frecuente de asombro entre sus compañeros de clase. Lo llevaba corto, tan corto como un chico, y era de un color ambarino oscuro.
De hecho, nada en su aspecto era del todo común: Andy tenía los ojos tan verdes como esmeraldas, que chispeaban según su estado de ánimo; la cara morena y salpicada de puntitos rojizos que se extendían desde las mejillas hasta más allá de su nariz; y, para colmo, estaba su carácter.
     Andy era tímida y reservada, y no le resultaba nada fácil hacer amigos. No le ayudaba precisamente que los demás niños la llamasen constantemente "la huérfana". Los padres de Andy se habían separado cuando ella era poco más que un bebé. Aunque entonces era demasiado pequeña para recordarlo, lo había aceptado de forma natural, y había creído la versión que su padre le había contado: que sus padres ya no se querían, porque su madre amaba a otra persona.

     Sin embargo, su padre siempre había estado ahí, como una sólida roca en la que apoyarse ante las dificultades... Aunque tenía que reconocer que su  a veces se comportaba de un modo un tanto extraño. Cuando se enfadaba de verdad, repetía un gesto que Andy era siempre capaz de predecir: apretaba el puño dentro de la chaqueta, como si allí guardase algo que podría sacar para atacar a su contrincante si la discusión se tratase de un duelo de esgrima. Además, a menudo ocurrían cosas raras a su alrededor: el salero se movía sin que su padre lo tocara, y, cuando estaba contento, parecía que los peluches de Andy hablaban en un idioma extraño (aunque a ella se le antojaban imaginaciones suyas).

     Ella sabía que no era como los demás niños, y mucho menos su familia. Y, sin embargo, le hubiese encantado tener una amiga con quien compartir sus secretos, comentar el último libro que había leído... En definitiva, alguien con quien hablar.

     Mientras masticaba su segunda tostada (a pesar de ser muy delgada y de corta estatura, Andy casi siempre estaba hambrienta), su padre se preparaba para ir a trabajar. Anthony Green era asesor de publicidad en una pequeña empresa de material eléctrico. La hermana de Andy, Sara, estudiaba en la universidad, y únicamente volvía a casa por las vacaciones de Navidad y Pascua, pues en verano se iba de viaje con un pequeño grupo de amigos. Por este motivo, Andy se quedaba muchas veces sola en casa, algo que no le disgustaba para nada. De hecho, prácticamente no había ninguna diferencia tanto si la niña estaba como si no: Andy se tumbaba en la cama a leer o, si el tiempo lo permitía, salía al jardín con un libro y se olvidaba de todo lo demás.

     Eso fue lo que hizo exactamente ese viernes de agosto: con Las aventuras de Tom Sawyer bajo el brazo, salió a la pequeña parcela de césped que había detrás de la casa y se tumbó sobre la hierba.
No hubiese sabido decir cuánto tiempo llevaba allí (puede que fuesen unas dos horas, quizá algo más) cuando decidió levantarse e ir a dar una vuelta. Después de cerrar la puerta acristalada del jardín y de atravesar la cocina, y tras coger su bici del garaje, salió de la casa. Tenía la intención de mirar en el buzón, ya que, aunque no solían recibir cartas muy a menudo, hacía varios días que ni ella ni su padre recogían la correspondencia.

     Abrió la pequeña puertecilla del buzón de latón y sacó un pequeño fajo de cartas, que fue pasando hasta que llegó a la última: un sobre de pergamino color amarillento, con su nombre y dirección escritos en brillante tinta verde. Andy comenzó a ver borroso. Las piernas le temblaban y tuvo que agarrarse al buzón para no caerse. Respirando floja e irregularmente, consiguió abrir la puerta de la casa, llegar al salón y dejarse caer en el sofá. Notaba que se estaba mareando, y, cuando se pasó la mano por la cara para retirarse el flequillo de la frente, notó que estaba cubierta de un sudor frío.

     No podía creer que después de tantos años, su mayor sueño se hubiese hecho realidad. La carta venía del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. “Andrea Green, habitación en la buhardilla” fue lo último que vio antes de que todo se volviese negro.


Capítulo 2.



     Andy abrió los ojos. Recordaba haberse desmayado... Había tenido un sueño tan bonito... En él, recibía una carta de Hogwarts. Pero no podía haber sido verdad. Reprimió un sollozo. Había deseado tanto ese momento...
Se levantó del sofá y lo primero que vio fue un sobre amarillento, con letras verdes. Volvió a respirar entrecortadamente. No había sido un sueño... ¡Hogwarts era real!

     Volvió a dejarse caer entre los mullidos cojines y recogió la carta del suelo con manos temblorosas. Abrió el sobre, sacó la carta y leyó:




COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA



Directora: Jane McRory
(Orden de Merlín, Segunda Clase,
Secretaria de la Confederación
Internacional de Magos).

Querida señorita Green:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.
Las clases comienzan el 1 de septiembre. Por circunstancias del centro, nos ha sido imposible contactar con usted con antelación, de modo que esperamos su lechuza antes del 10 de agosto.

Muy cordialmente,
Eleanor Lewis
Directora adjunta.


Además, el sobre contenía hoja doblada por la mitad en la que venía impresa una lista:




COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA


UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

- Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).
- Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).
- Una capa de invierno (negra).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)





LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

- El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.
- Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.
- Teoría mágica, Adalbert Waffling.
- Transformación elemental, Albus Dumbledore.
- Guía de pociones básicas, Arsenius Jigger.
- Teoría y práctica para la defensa contra las Artes Oscuras, Helen Carter.


RESTO DEL EQUIPO

1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o de cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato, una rata o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.



     Andy no podía creerlo. Sencillamente, debía de estar soñando. Sí, eso era. Se pellizcó con fuerza. Le dolió, lo que en principio descartaba que estuviese dormida. Pero entonces, si estaba completamente despierta... ¿El mundo de Harry Potter existía en realidad? ¿Por qué J.K. Rowling había revelado a los muggles los secretos de los magos? Sencillamente, era imposible que el Ministerio de Magia la hubiese autorizado a hacerlo. ¿Y por qué sabía ella tantas cosas acerca de los magos y brujas? ¿Quién se lo había contado? ¿O ella misma era una bruja? La cabeza comenzó a darle vueltas, tratando de responder las preguntas que se agolpaban en su cabeza.

     Precisamente acababa de caer en la cuenta de que la autora de los libros podría haber sido un personaje en la historia  cuando oyó el ruido de unas llaves en la cerradura de la puerta principal. Su padre estaba en casa.

     - ¡Ya estoy aquí! -oyó que exclamaba desde el vestíbulo.- ¿Hola? ¡Andy! ¿Dónde estás?
     - Aquí -susurró ella, intentando que su voz fuese algo más fuerte que el susurro desmayado que su garganta se empeñaba en emitir.
    
     A las diversas preguntas y preocupaciones que tenía en mente se le añadió una nueva: ¿Qué iba a decir su padre cuando se enterase de que su hija era una bruja?
     Las pisadas se encaminaron hacia el salón, y Andy pudo ver la cabeza de pelo rizado de su padre asomarse por la puerta y, poco después, el cuerpo completo. Anthony Green abrió la boca para decir algo, tal vez para preguntarle a Andy que por qué tenía la cara tan colorada, o puede que fuese para regañarla por dejar todo el correo desperdigado por el suelo; pero, al pasear la mirada por el sofá, sus ojos se encontraron con la carta de Hogwarts.
    
     Sus ojos se agrandaron y su cara se tornó asombrosamente pálida. Comenzó a farfullar:
    
- Andy... Oh, Andy... -parecía incapaz de decir nada más.- Tú... Tú también...

     A pesar de estar aún confusa, por la cabeza de Andy cruzó otro pensamiento: “¿También? ¿Además de quién?”.

     Esta última pregunta halló enseguida una respuesta que dejó a Andy sin habla. Lentamente, su padre metió la mano en el bolsillo interior de su americana y sacó algo de allí; era un objeto alargado, algo más grueso que un lápiz y bastante más largo.

     Era una varita.


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